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Comprendiendo la Ansiedad

La mente va a mil por hora, el pecho se aprieta y tu primer instinto es huir. Descubre qué es realmente y de dónde vienen esas sensaciones.

María Román

6/16/20262 min read

A woman sits by a window, gazing out.
A woman sits by a window, gazing out.

Si estás leyendo esto, es muy probable que hayas sentido ese nudo en el estómago, el corazón a mil por hora o esa mente que no se calla por las noches. Y lo primero que solemos pensar es: “¿Cómo me quito esto de encima?” o “¿Por qué mi cuerpo me odia?”.

Hoy vamos a desmontar el mito. La ansiedad no es tu enemiga.

Imagínate que vas caminando por la selva y te encuentras con un león. Tu cuerpo activa una alarma: el corazón bombea sangre a tus piernas para que corras, respiras más rápido para oxigenarte y tus músculos se tensan. Esa es la respuesta de lucha o huida. Gracias a ella, la humanidad ha sobrevivido.

El problema es que hoy no hay leones. Tu cerebro no distingue entre "un depredador me va a comer" y "tengo que entregar este informe,” o “qué tal si le caigo mal a la gente". Para tu mente, el peligro es el mismo, así que enciende la alarma. La ansiedad ocurre porque tu cuerpo está intentando protegerte, solo que se equivocó de momento.

Cuando la ansiedad aparece, nuestro instinto es huir de ella. Intentamos distraernos, la ignoramos, nos tomamos algo para apagarla rápido o evitamos los lugares que nos la provocan.

¿Por qué esto es una trampa? Piensa en la ansiedad como en el testigo de la gasolina de tu coche. Si la luz se enciende y tú le pegas una pegatina encima para no verla, ¿se solucionó el problema? No, solo lo ocultaste mientras el coche se queda sin combustible.

Cuando intentas evitar la ansiedad, le mandas un mensaje a tu cerebro: "¿Ves? Tenías razón en asustarte, esto es peligroso". El resultado: la próxima vez, la alarma sonará más fuerte.

La clave para convivir con la ansiedad no es meterla en un cajón bajo llave, sino cambiar nuestra relación con ella.

Dejar de tenerle miedo a la ansiedad es el primer paso para que empiece a perder su fuerza. No tienes que curarte de ella, tienes que aprender a escuchar qué te está queriendo decir.


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