¿El tiempo lo cura todo?
El trauma altera tu sistema nervioso, no solo tus recuerdos. Descubre por qué tu cuerpo sigue reaccionando al pasado y cómo romper ese ciclo de alerta constante.
6/16/20261 min read
¿Alguna veces has sentido que, ante una situación aparentemente normal, tu corazón se dispara, se te hace un nudo en el estómago o simplemente te "congelas"? Intentas razonar contigo mismo: "No pasa nada, estoy a salvo", pero tu cuerpo parece no escucharte.
No estás perdiendo la cabeza. Lo que estás experimentando es la memoria viva del trauma.
Para entender por qué ocurre esto, tenemos que derribar el primer gran mito: el trauma no es el evento que ocurrió; es lo que sucede dentro de nosotros como resultado de ese evento.
En el cerebro de todos nosotros existe una pequeña estructura llamada amígdala. Su trabajo es genial: actúa como un detector de humo. Si detecta peligro (un coche a toda velocidad, un grito, una amenaza), activa la alarma general y prepara al cuerpo para tres opciones básicas: luchar, huir o congelarse.
Después de una experiencia abrumadora, la amígdala se vuelve ultra-sensible. Ya no solo pita cuando hay fuego; pita cuando alguien quema una tostada, cuando oyes un tono de voz elevado o cuando experimentas un silencio incómodo, tu sistema sigue atrapado en el pasado, en alerta.
Cuando el trauma no se procesa, el cuerpo sigue viviendo en el pasado. Como no puede hablar con palabras, se expresa a través de síntomas físicos.
Durante décadas, la psicología se centró casi exclusivamente en la "terapia de la palabra". Es decir, en sentarse a explicar lo que pasó. Y aunque entender nuestra historia es vital, no puedes convencer a un sistema nervioso asustado de que se relaje usando solo argumentos lógicos.
A través de herramientas como la terapia EMDR o la regulación del sistema nervioso, le enseñamos al cuerpo que el peligro ya pasó. Solo cuando el cuerpo se siente seguro aquí y ahora, el pasado puede, por fin, convertirse en pasado.
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